En la vida hay cosas que cuando las pensamos nos parecen de sentido común; me refiero a lecciones o cuestiones que son tan lógicas que nos parece absurdo que alguien no las entienda desde un primer momento, pero que luego te das cuenta de que en tu vida las has tenido que aprender por la fuerza (como quien dice, a los golpes). Una de esas cosas que yo tuve que aprender "a la mala" en la vida es a no depender de nadie para absolutamente nada. Y es precisamente de eso de lo que vamos a hablar en este post de reflexiones del día de hoy.
La vida es una lucha constante por sobrevivir
Cuando nacemos somos criaturas indefensas, inocentes, que dependemos enteramente de otros (de nuestros padres, generalmente) para vivir y crecer. En ese estado natural de indefensión nacemos todos, esto no lo podemos negar, pero luego, a medida que vamos creciendo, viviendo y madurando, nos vamos volviendo más independientes, fuertes e incluso, algo cínicos y escépticos. ¿Por qué ocurre esto? Porque nos damos cuenta, precisamente de que no podemos ser dependientes de lo que otros piensan, dicen, o hacen, sino que tenemos que valernos por nosotros mismos para sobrevivir y salir adelante.
Ahora, lo cierto del caso es que a veces (en muchas etapas de nuestro vivir) nos damos cuenta de que a pesar de estar conscientes de que no podemos confiar ciegamente en nadie en nuestra existencia, hacemos a un lado nuestra lógica y ponemos nuestras esperanzas en otros. Uno podría decir "¿Por qué lo hacemos?..." Yo solo me atrevo a hablar aquí por mi experiencia personal (tanto observando mi vida, como la de mucha otra gente), pero creo que esto pasa simplemente porque lo queremos olvidar, o sea, porque deseamos olvidar la realidad o, de alguna forma, abstraernos de ella negándola casi por completo.
Queremos pensar que somos inteligentes y seres independientes, pero luego, tampoco nos gusta sentirnos como seres apáticos, mezquinos o aislados, sino que nos gusta compartir con otros y sentir que ayudamos en algo y que formamos parte de algo más grande (un grupo, una sociedad, un país).
No es que ello esté mal completamente, pero es precisamente en ese sentido, y por esas razones por las que usualmente nos volvemos vulnerables y dejamos de ver la realidad ante nuestros ojos (que ya conocemos de sobra) por pensar, desear o esperar algo más, aunque sea poco probable. O sea, que dejamos de ver la realidad objetiva porque preferimos apostar por la esperanza subjetiva... Y no es que la esperanza per se sea mala tampoco, pero hay que saber a qué atenernos con ella.
Las actitudes necias se pagan
Ahora, desde luego que este tipo de actitudes necias (de negarse a ver la realidad) se pagan, y vaya que se pagan... Y cuando eso sucede, las lecciones que nos tocan aprender son todavía más dolorosas ya que te das cuenta de que son cosas que ya sabías bien de antemano; y entonces tienes que asumir que lo que te está pasando es por causa de haberte negado a ver la realidad sin apasionamientos. Este tipo de conductas atañen a muchos escenarios, pero, por hablar de alguno, hablemos del enamoramiento.
Cuando nos enamoramos de alguien, nos cerramos en banda a ver sus defectos (aunque digamos que sí los vemos, tendemos a minimizarlos) porque nos sentimos con ganas de confiar, de amar y de ser amados y porque nos atrae la persona que es objeto de nuestra atención y afecto. Pero en esa actitud tan ingenua, nos exponemos a ser lastimados, como en efecto pasa mucho en la gran mayoría de los casos. Aun así, muchos dirán que es el precio a pagar por amar a otra persona y ser amados, y tienen razón. Pero pienso que deberíamos entender siempre en qué terreno pisamos para luego no andar con lamentos o arrepentimientos.
Además, he aprendido que no solo en el contexto de los enamoramientos esto ocurre (ni solo con el caso de personas extrañas o ajenas a nosotros), sino que también nos ocurre en el plano familiar muchas veces. En mi experiencia personal, he comprobado que hay personas de mi familia con las que se puede contar, y otras con las que es mejor no hacerlo, ya que lo más seguro es que te fallen.
Incluso he aprendido "a la mala" que en nuestra propia familia muchas veces hay envidia, resentimiento, rencor, mala intención, y deslealtad. Pero por el lado bueno, esto me ha permitido afianzar el aprendizaje de que no se puede ni se debe depender de nadie, porque incluso aquellos que estimamos como confiables en un momento dado nos pueden fallar.
Como contraparte, quiero acotar que creo firmemente que siempre debemos ser confiables para con aquellos que se disponen a confiar en nosotros; pero sin dejar tampoco que abusen de nuestra buena voluntad, porque todo tiene una medida y un límite; y todos deberíamos aprender a valernos por nosotros mismos, por nuestro propio bien.
La trampa de esperar las condiciones perfectas
Además, esto me hace pensar, y darme cuenta de que hay muchas otras áreas de la vida en las que nos exponemos de manera similar, al depender demasiado de los demás y de las circunstancias. Por mencionar algo, digamos, las personas que piensan que el país en el que viven tiene que ir "de perlas" (o excelentemente en todos los aspectos) para poder sentirse felices y progresar... Pero sentarse a esperar el "deber ser" en lugar de asumir lo que en efecto es, supone la fórmula perfecta para no avanzar. Porque si el deber ser nos impulsa a actuar, excelente, pero de lo contrario, solo nos induce a sentirnos impotentes para actuar.
Ahora, esto nos lleva a entender que tener expectativas altas en la vida es bueno, pero tener expectativas demasiado altas (sobre el país en el que vives, sobre las demás personas, sobre las circunstancias y las cosas que no podemos controlar) es contraproducente, y solo nos estanca. Así que es mejor asumir la realidad y entender que la misma es lo que es, sin adornos, ya que si bien debemos aspirar siempre a mejorarla y a ser mejores, es lo más conveniente. La clave y lo más importante es entender que los mejor es no depender nunca mucho de nadie.
Cuando pienso en todas estas cosas, me acuerdo de un dicho que mi abuela solía decir mucho, que era: "El que con lo ajeno se viste, en la calle lo desnudan..." Y aunque el refrán se aplica a varios contextos, creo que me viene a la mente porque también calza como "anillo al dedo" con todo este tema del que estamos hablando. Porque si dependes de otros enteramente para realizar algo, cuando no cuentes con ese alguien, quedarás expuesto y vulnerable (como desnudo) ante el problema. Por ello, conviene siempre en todo esto aplicar la "Ley de Murphy "(aunque pueda parecer pesimismo), que, como sabemos, dice: "Si algo puede salir mal, saldrá mal."
El dicho de mi abuela, también aplica en el caso de la gente que nos hace favores en un momento dado, ya que incluso, si nos acostumbramos a recibirlos, ello nos juega en contra, porque nos expone a que cuando esa persona se disguste por cualquier motivo con nosotros (o esté indispuesta), nos esté sacando esos favores que nos ha hecho, delante de otros para malponernos.
Hay que tratar de ser autosuficientes
A pesar de todo lo que he mencionado hoy en este post de reflexiones filosóficas, sé que no se puede ser totalmente independiente de las circunstancias y de las demás personas; sin embargo, lo cierto es que creo que es fundamental intentar serlo todo lo más que nos sea posible. Y es que la clave para ser felices es ser lo más fuertes y autosuficientes posibles, lo que en esencia significa planificación y control.
Entender que no podemos confiar en exceso en nadie, ni depender totalmente de otros aplica hasta en el contexto de nuestra felicidad general, y significa también adoptar la máxima del gran filósofo chino Confucio cuando decía: "Aquel que se exige mucho a sí mismo y espera poco de los demás, mantendrá lejos el resentimiento". Esto es ciertamente lo más sabio para vivir una vida efectiva, y para ahorrarnos disgustos, si lo pensamos bien. ¿No lo creen?...
¿Qué opinas sobre el tema tratado? Por favor comenta.

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