De nuevo estamos aquí...con una sensación de vacío inexplicable. Puede que no se comprenda dado que nos encontramos en Buenos Aires con @aventurerasbike; sin embargo los sentimientos mezclados luego de la partida de @stow01 hacia Oslo, Noruega, podrían ser comparados con la última vez cuando viajamos a Estados Unidos y nos despedimos de nuestros hijos mayores o la primera vez que nos encontramos a nuestro hijo menor en Buenos Aires. Muerte y Resurrección. Pero -indudablemente- el día 20 de Marzo recién pasado, ha sido como cual torpedo disparado hacia un barco de guerra bajo su línea de flotación, por un submarino enemigo: un desastre de proporciones bíblicas.




¿Puede existir algo más doloroso que la despedida de un hijo? Afortunadamente, sabemos se encuentra vivo y llegó con bien a Oslo. Pero ¿Por qué se siente como si él hubiera muerto? Lloro mientras escribo éstas letras. Y las escribo porque tengo que sacar de mi alma el dolor que me embarga. "¡Pendejo!" Dirá cualquiera sin empatía y lo acepto. Con gracia e ironía, habida cuenta (lo confieso) más de una vez nos comportamos igual. Pero la vida es tan sabia que devuelve las lecciones no aprendidas y además, tránsitos emocionales equivalentes a los que invalidamos alguna vez; como diciendo: "Vistes, muchacho gafo ¿no es fácil, verdad?" Y, bueno, a comer mierda y atragantarte con tus lágrimas.



El día 20 se lo dedicamos únicamente a él, fuimos almorzar lo que -para mí- ha sido el mejor corte de carne servido en un restaurant de la capital bonaerense, bebimos una botella de Malbec joven para acompañar las carnes, fuimos a por sus maletas y le acompañamos al Aeropuerto Internacional de Ezeiza para despedirle en las escaleras automáticas que orientan a los pasajeros hacia la zona de chequeo de seguridad. Jamás escalones de ese tipo me parecieron más inhóspitos, fríos y retadores emocionalmente. Fue algo parecido como cuando los familiares de migrantes despiden a sus deudos en el Aeropuerto Internacional "Simón Bolívar" en Maiquetía. Imaginen ustedes, esa desolación ya la habíamos vivido y se nos volvía a presentar en un aeropuerto de un país allende nuestras fronteras patrias.



En esto nos convirtieron quienes gobiernan a Venezuela, pasando por el "mico-mandante" hasta el chofercito de autobús. En parias fuera de la misma nación que nos vio nacer. Un país que jamás merecieron, al cual han puesto de rodillas y sin posibilidad de rechistar, dada la cierta posibilidad de recibir descalificaciones y hasta coñazos por no pensar como ellos. Un país que entregaba oportunidades a todos, sí, pero en el cual el clientelismo político y las dádivas del petróleo comenzaron a pesar más que los valores de arraigo y de trabajo duro. Mi alma llora aunque no salgan lágrimas de mis ojos. Adiós hijo, ojalá pueda volver a verte.
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