Tomará mucho tiempo asimilar lo que ocurrió la noche de ayer en el precioso Loan Depot Park de Miami, cuando contra todo pronóstico Venezuela se coronó campeón mundial de béisbol en el Clásico Mundial 2026, ante el país creador de ese deporte dentro de su territorio. Quizás en términos futbolísticos, la debacle norteamericana se parezca al "Maracanazo" urdido por el Uruguay ante la todopoderosa Brasil en 1950 (aunque los brasileños no fueron los creadores de ese deporte) "Underdog" es un término anglosajón para indicar al seguro perdedor de un partido dentro del mundo de las apuestas. Y aunque habíamos denotado ayer la predicción 68%-32% de USA sobre Venezuela en Polymarket, las casas de apuestas tenían en promedio a USA 90% encima del escaso 10% venezolano. Dicho esto, Venezuela se repuso a todas las señales en contra para ganar la final ¿Un par de ellas? Los textos recibidos por el manager Omar López de 3 equipos que le pedían no usar a relevistas venezolanos quienes habían lanzado ante Italia la noche previa o el día de descanso que sí tuvo Estados Unidos entre domingo y martes, logrando la recuperación de sus relevos. Nada de eso importó y el "underdog" se impuso.


Y ¿cómo no iba a ser Venezuela el "underdog"? Si usted está jugando baseball y tiene una alineación frente a usted que incluya a: Aaron Judge, Gunna Henderson, Bobby Witt Jr., Bryce Harper, Kyle Schwarber y Alex Bregman, entre otros; tiene que estar loco para pensar que le puede ganar. Y tiene que reunir un roster a toda prueba que haga las cosas pequeñas, no le tema a nadie y juegue con un amor desmedido por la camiseta. "Electrizante" fue una palabra muy usada por tuiteros gringos para referirse a la alineación venezolana. Y no puedo más que estar de acuerdo. El mejor ejemplo de ello fue cuando los fantasmas del clásico 2023 se hicieron presente, mediante el bestial cuadrangular de Bryce Harper en el octavo episodio con Bobby Witt Jr. en la primera base, para empatar espectacularmente el partido. La energía que le insufló a su equipo en ese momento, devolvió la esperanza al dugout estadounidense, quien veía incrédulo el pasar de los innings sin poder descifrar el pitcheo venezolano. Bien, los llaneros jamás se descompusieron y en una demostración de estoicismo extremo, "electrizaron" el noveno episodio para tomar la delantera anotando la carrera que les entregó el campeonato, antes del "electrizante" relevo de Daniel Palencia en el cierre del noveno.


Hay demasiados héroes dentro del roster criollo: Maikel García, quien se llevó -con toda razón- el MVP del torneo (se los dije en artículos previos); Salvador Pérez, no por el bate, sino por dirigir el pitcheo de una manera que solo puede hacer un predestinado al salón de la fama; la ofensiva toda, que en diferentes momentos respondía cuando otro compañero fallaba; pero para éste redactor, los héroes máximos por ser -precisamente- anónimos, fueron los relevistas venezolanos: Luinder Ávila, Eduard Bazardo, José Buttó, Enmanuel De Jesus, Andrés Machado, Daniel Palencia, Angel Zerpa y Ricardo Sánchez. Todos ellos tejieron la gesta venezolana, cumpliendo la máxima de cualquier campeonato de béisbol corto: el buen pitcheo SIEMPRE le ganará al buen bateo. No importa que tenga a 9 Ohtani o a 9 Judge al frente. Siempre fallarán al menos 7 de cada 10 veces. No es ciencia, son estadísticas puras y duras. Si a todo lo anterior, le suma el espíritu inquebrantable de equipo, las historias épicas como la de ganar un título mundial contra toda predicción son posibles.


Al caer el último out, el aire se espesó con una mezcla de júbilo y lágrimas, un grito unísono que atravesó fronteras y unió a cada venezolano en un abrazo eterno. No fue solo el marcador el que dictó la sentencia, fue el coraje de un equipo que jugó con el hambre del que no tiene nada que perder y el honor del que sabe que lo representa todo. Cada jugada fue una pincelada dentro de un lienzo épico, cada carrera una oda a la perseverancia. Ver a estos peloteros alzar el trofeo es contemplar la redención de un pueblo que encuentra en el béisbol su lenguaje más sagrado, su identidad y la brújula de un orgullo perdido. Es la prueba irrefutable de que, cuando el talento se entrega por completo al amor por la patria, el destino no tiene más remedio que ceder. Venezuela en la cima del mundo, no solo ha conquistado un campeonato; ha inscrito su nombre en el firmamento de la inmortalidad dejando un legado que arderá eternamente en la memoria de aquellos niños quienes juegan con palos de escoba y chapas de refresco. Esta es nuestra herencia, nuestra epopeya del diamante, el día en que el cielo de Miami se tiñó de amarillo, azul y rojo para recordarnos que somos, por siempre y para siempre, campeones del mundo.
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