
Daniel siempre había sentido una atracción magnética por la exploración, visitar lugares abandonados era su hobby. A través de sus tres años de exploraciones urbanas, había desenterrado innumerables secretos de edificios en ruinas, pero esa noche, encontró su destino final.
En ese viejo orfanato, la entrada era imponente, con puertas de madera desgastadas que se caerían en cualquier momento.
Con una linterna iluminando su camino, Daniel se aventuró entre habitaciones cubiertas de polvo y telarañas.
Cada habitación que recorría estaba llena de juguetes rotos: muñecas de ojos vacíos que parecían seguirlo con la mirada. Pero lo que más le inquietaba eran esos ojos rojos pintados, esparcidos como manchas de sangre en las paredes. Estaban en todas partes, hasta en el techo, como marcas y símbolos de un despliegue de miradas, observándolo por todas partes con un deseo maligno.
A pesar de ese mal presentimiento que lo perturbaba por dentro, Daniel subio por unas escaleras y llegó a la habitación al final del pasillo, en donde la luz de la linterna apenas llegaba.
En el centro, sentado en el borde de una cama, una figura se erguía: una criatura del tamaño de un niño, pero su cuerpo estaba hecho de pintura roja, una amalgama viscosa que parecía respirar.
Sus múltiples ojos se abrieron, desmesuradamente grandes, lo miraban fijamente.
Lleno de un terror indescriptible. El corazón de Daniel latía con fuerza, el instinto de supervivencia se apoderó de él y salió corriendo.
Las escaleras crujían bajo sus pies, pero un grito desgarrador provino de la habitación en la que yacía la criatura. De repente, un torrente de pintura roja lo atrapó como un pez en un tsunami, arrastrándolo por el suelo, como si una ola.
Cuando el mundo dejó de girar, la cabeza de Daniel impacto contra una pared y la oscuridad bajó el telón, Daniel se encontró en un lugar insólito y cubierto de pintura roja.
Al abrir los ojos, en medio de su confusión, se dio cuenta de que estaba atrapado, inmovilizado en el interior de la pared. Gritó por auxilio, pero su voz no alcanzaba ningún oído, fue absorbido por el silencio del orfanato.
Pasaron horas, tal vez días, mientras sus gritos se convertían en murmullos. Los ojos rojos en las paredes lo miraban desde lejos...
Daniel se había transformado en una de las muchas almas atrapadas allí, condenado a ser solo un recuerdo más entre aquellos que habían sido víctimas de la locura del lugar.
Daniel quedó unido a la pared del orfanato hasta su ultimo suspiro, nunca abandonó el edificio...


Posted Using INLEO
