

Español
La esquina
Estoy en esta esquina, una esquina donde la noche indetenible cubre con un manto de oscuridad, y estrellas refulgentes en el firmamento, de un día que se va extinguiendo, bajo la sonoridad de un silencio, de voces, motores, risas, discusiones, lamentos y sollozos.
Ahí estoy parado en esa escuadra, bajo el baño lumínico, blanco azulado. Mis ojos van bailando ante el ritmo de los momentos. Gente que pasa, cada una cargando el peso de su existencia. Rostros cansados de la rutina, del dolor, de los problemas. Cada ser se mueve como un zombi, caminando sin ningún destino específico, solo la existencia en sí misma hasta el fin.
Pero no todo es gris en esta oscuridad implacable que baña el panorama, la esperanza del amor florece casi como una circunstancia ajena al pesimismo, y la rudeza del mundo. Aquella pareja de amantes se abraza, se besa, como si el mañana no existiera o el apego emocional fuera su única escapatoria de esta realidad lacerante y castrante.
Un bicicleta rojo carmesí roba descaradamente mi vista, pavoneándose elegantemente por el asfalto frío. La figura escuálida se vuelve casi como una extensión del biciclo, cruza la esquina y dos casas más allá, hace el pare. Desmonta su caballo de acero y de entre sus bolsillos saca un juego de llaves. El sonido agudo y metálico se toma levemente, por un instante el escenario de esta puesta en escena de la vida. El jinete guarda a su corcel dentro de la enigmática casa, no sin antes fijar la mirada en una escultural mujer. No tan alta, pero con curvas pronunciadas, que al parecer hechizaron al escuálido hombre. Su cabeza recorría el andar de un lado a otro de aquella mujer. Ella se perdió indiferente por los oscuros limbos de aquella calle, y el escuálido se internó en el castillo de su reino personal.
Yo, mientras tanto, sigo en esta esquina envuelto por el frío congelante, que penetra los huesos y los estruja en un alienante circulo gélido. Las escenas se siguen presentando ante mis ojos, como estar viendo un televisor con miles de canales e historias infinitas. Mi concentración en esta hipnosis social se pierde por un sonido que abruptamente se apodera de mis oídos. Reconozco la melodía, una canción antigua: la Bamba.
El sonido electrónico se parecía a las melodías de los juegos eléctricos. Al terminar la canción, volví la mirada al juego de pinball. El muchacho alienado en aquella pelota, presionaba con fuerza los botones en un movimiento casi epiléptico. Las monedas de níquel seguían siendo devoradas por la máquina, en tanto la frustración de joven se reflejaba en los lentes gruesos que adornaban su rostro. La Bamba seguía sonando una y otra vez al iniciar el juego en un ciclo continuo que parecía no tener fin.
Seguía, yo, parado en esa esquina. Yendo y viniendo, ver, venir la vida, a veces de muerte, como la señora vestida de negro, que entre sollozos desesperantes corría al encuentro con el que ya no está, con aquel que durmió para siempre, se extinguió como una llama. Las lágrimas recuerdan la vida del difunto y todas las decisiones que rigieron su vida, en bien, en mal. Ahora finitud, un sueño en el ostracismo: la nada.
Mi tiempo también se acaba en esta esquina, una silenciosa confidente, que junto a una bocanada de humo se hizo íntima por unos instantes. La colilla del cigarro se extingue en ese fulgor incandescente. Y en un movimiento rápido del brazo hacia el firmamento, el pequeño, pero mortal placer, vuela, vuela, hasta perderse en las tinieblas totales de aquella noche de escenas, sentimientos y vivencias rutinarias enquistadas en cada historia personal.
Me despido de la esquina, mientras mi hijo se va acercando, con un caminar tímido, pero constante, después una sonrisa y un... "Hola, papa".

English
The corner
I am in this corner, a corner where the unstoppable night covers with a blanket of darkness, and shining stars in the firmament, of a day that is dying down, under the sonority of a silence, of voices, motors, laughter, discussions, laments and sobs.
There I am standing in that square, under the bluish-white bath of light. My eyes are dancing to the rhythm of the moments. People passing by, each one carrying the weight of their existence. Faces tired of routine, of pain, of problems. Each being moves like a zombie, walking without any specific destination, only the existence itself until the end.
But not everything is gray in this relentless darkness that bathes the panorama, the hope of love blooms almost as a circumstance alien to the pessimism, and the rudeness of the world. That pair of lovers embraces, kisses, as if tomorrow did not exist or emotional attachment were their only escape from this lacerating and emasculating reality.
A crimson red bicycle brazenly steals my sight, strutting elegantly across the cold asphalt. The scrawny figure becomes almost like an extension of the bike, crosses the corner and two houses over, makes the stop. He dismounts his steel horse and from his pockets pulls out a set of keys. The sharp, metallic sound takes slightly, for an instant, the stage of this staging of life. The rider keeps his steed inside the enigmatic house, but not before fixing his gaze on a statuesque woman. Not so tall, but with pronounced curves, which apparently bewitched the scrawny man. His head ran from side to side looking at the woman. She indifferently lost herself in the dark limbos of that street, and the scrawny man went into the castle of his personal kingdom.
I, meanwhile, remain on this corner enveloped by the freezing cold, which penetrates the bones and squeezes them in an alienating icy circle. The scenes keep flashing before my eyes, like watching a television set with thousands of channels and endless stories. My concentration in this social hypnosis is lost by a sound that abruptly takes over my ears. I recognize the melody, an old song: the Bamba.
The electronic sound resembled the melodies of electric games. As the song ended, I looked back at the pinball game. The boy, alienated on that ball, was pressing the buttons hard in an almost epileptic movement. The nickel coins were still being devoured by the machine, while the frustration of the young man was reflected in the thick glasses that adorned his face. La Bamba kept playing over and over again as the game started in a continuous cycle that seemed to have no end.
I was still standing on that corner. Coming and going, seeing, life coming, sometimes in death, like the lady dressed in black, who between desperate sobs ran to meet the one who is no more, the one who slept forever, extinguished like a flame. Tears recall the life of the deceased and all the decisions that governed his life, for better, for worse. Now finitude, a dream in ostracism: nothingness.
My time also ends in this corner, a silent confidant, which together with a puff of smoke became intimate for a few moments. The cigarette butt is extinguished in that incandescent glow. And in a quick movement of the arm towards the firmament, the small but deadly pleasure flies, flies, flies, until it gets lost in the total darkness of that night of scenes, feelings and routine experiences embedded in each personal history.
I say goodbye to the corner, while my son is approaching, with a shy but steady walk, then a smile and a.... “Hello, daddy.”

Fuentes de la imagen de portada:
Fuente 1
Fuente 2
Edición Rincón Poético
La traducción del texto fue hecha con la herramienta
gratuita DeepL
Contenido original

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@rinconpoetico7
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