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Radiografía de un hoyo

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yecier
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No era un vacío, sino una presencia. Un negativo en el asfalto que devoraba la luz. Los vecinos le habían puesto nombre: “Nicaragua”, porque para entrar allí no necesitabas visa.

Su formación fue un lento parto geológico. Primero fue una grieta tímida, un suspiro en el betún sometido al sol y al peso de los camiones cisterna. Luego, la lluvia, cómplice eterna del colapso, fue laminando la costra, desgranando el firme hasta que un día la calle abrió su boca. No fue noticia. Un hoyo más era sólo un nuevo órgano en el cuerpo enfermo de la urbe.

Ahora es un cosmos. Su geografía tiene estratos: la capa superficial de polvo y hojas secas de periódicos oficiales con titulares borrosos; debajo, un estrato de pequeñas piedras que fueron adoquines, restos de una ciudad anterior, más dura; más hondo, un cemento quebradizo como las convicciones antiguas; y en el fondo, la tierra oscura, siempre húmeda, el sustrato verdadero sobre el que se construyeron todos los simulacros.

El hoyo se volvió ciudadano, uno ejemplar: nunca emigra, siempre está en su puesto, abierto a todas las interpretaciones. Por las mañanas, el sol lo pinta de un oro hipócrita. De noche, se vuelve un caso de estudio de los teóricos de la física.

La burocracia lo ha registrado. Es el “Agujero Número 7-4-1/III de la Circunscripción 5”. Hay un expediente en una mesa de formica que recomienda su reparación “en la próxima campaña de obras menores”. El expediente duerme bajo una resolución que espera a su vez otra firma, que aguarda a su vez un sello, que a su vez espera la llegada de un material que está en el puerto, o quizás no.

Es la memoria física del derrumbe lento, la prueba irrefutable e incómoda que todos miran y ninguno ve. Un monumento no planificado a la persistencia del fracaso.

Y así seguirá, creciendo lentamente hacia sus propios cimientos, hasta que un día, quizás, sus bordes se encuentren con los del hoyo de la acera de enfrente. Entonces, será, por fin, la patria perfecta: un territorio hecho puramente de ausencia, de hueco, de promesa podrida. Y en su fondo, la canica azul de un niño cualquiera seguirá mirando, impasible, el mismo pedazo de cielo que todos, desde arriba, creen poseer.

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